
Por alguna razón, el noble propósito de mi hermano le había traicionado, le había matado. La pena que me causaba esta sencilla conclusión no remitía, ni siquiera cuando me deslizaba por las pendientes, con el viento colándose bajo las gafas de sol y haciéndome saltar las lágrimas.
Dejé de poner en duda la conclusión oficial, pero no fueron Wexler y St. Louis quienes me convencieron. Lo hice por mí mismo. El tiempo y los hechos habían erosionado mi determinación. Y cada día que pasaba horrorizado por lo que Sean había hecho me resultaba más fácil creerlo y hasta aceptarlo. Además, estaba Riley. Al día siguiente de aquella primera noche me había dicho algo que ni siquiera sabían Wexler y St. Louis. Sean había estado yendo por su cuenta a la consulta de un psicólogo cada semana. Por supuesto, disponía de servicios de consulta a través del Departamento, pero él había escogido esta forma discreta porque no quería que los rumores pudieran desacreditarle.
Con el tiempo comprendí que cuando yo le había pedido que me ayudase a escribir sobre el caso Lofton, él ya estaba visitando al terapeuta. Creo que había intentado evitar que yo sufriese la misma angustia que el caso le había causado a él. Me consolaba pensar que era eso lo que había hecho y traté de profundizar en esa idea durante los días que pasé en las montañas.
