Una noche, después de haber bebido mucho, contemplé mi imagen en el espejo de la habitación del hotel imaginándome que me afeitaba la barba y me cortaba el cabello como lo había llevado Sean. Éramos gemelos idénticos -los mismos ojos de color avellana, cabello ligeramente castaño, larguiruchos-, aunque casi nadie lo había notado.

Siempre nos habíamos preocupado mucho de forjar por separado nuestras respectivas identidades. Sean llevaba lentes de contacto y hacía pesas para mantenerse musculoso. Yo llevaba gafas, me dejé la barba ya en la universidad y no había levantado una pesa desde que jugaba a baloncesto en el equipo universitario. También tenía la cicatriz que me hizo aquella mujer en Breckenridge. Mi herida de guerra.

Sean se incorporó al servicio militar al salir del instituto y después a la policía, conservando desde entonces el pelo cortado al cepillo. Más tarde alcanzó el grado de jefe de unidad estudiando a tiempo parcial. Lo necesitaba para ascender en el Departamento. Yo vagué por ahí durante un par de años, viví en Nueva York y en París y después me dediqué por completo a la universidad. Quería ser escritor, pero fui a parar a la prensa. En el fondo de mis pensamientos me decía a mí mismo que sólo era una cosa temporal. Por entonces llevaba diciéndomelo diez años, si no más.

Aquella noche, en la habitación del hotel, estuve mucho tiempo mirándome al espejo, pero no me afeité la barba ni me corté el cabello. Seguía pensando en Sean bajo la tierra helada y sentía un nudo en el estómago. Decidí que cuando me llegase la hora quería ser incinerado. No quería ir a parar bajo el hielo.

Lo que más me obsesionaba era el mensaje. La versión oficial de la policía era la siguiente: Después de salir del hotel Stanley, mi hermano se dirigió por Estes Park hasta el lago Bear, aparcó el coche oficial y dejó el motor en marcha un rato, con la calefacción encendida. Cuando el calor hubo empañado el parabrisas, escribió en él su mensaje con un dedo enguantado. Lo escribió del revés, para que se pudiera leer desde fuera del coche. Sus últimas palabras para un mundo que incluía un padre, una madre, una esposa y un hermano gemelo.



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