
Fuera del espacio. Fuera del tiempo.
No lo podía entender. ¿Tiempo para qué? ¿Espacio para qué? Sean había llegado a alguna conclusión desesperada, pero no había recurrido ni a mí, ni a mis padres ni a Riley. ¿Nos correspondía a nosotros ayudarle, pese a no conocer sus heridas secretas? En la soledad de la carretera, llegué a la conclusión de que de ningún modo. Debería habérnoslo dicho. Debería haberlo intentado. Al no haberlo hecho nos había privado de la oportunidad de rescatarlo de su propia pena y sentimiento de culpa. Me di cuenta de que gran parte de mi pena, en realidad, era cólera. Estaba enfadado con él, mi hermano gemelo, por lo que me había hecho.
Pero es difícil guardar rencor a los muertos. Yo no podía seguir enfadado con Sean. Y el único modo de aliviar mi ira era poner en duda aquella versión. Y así la rueda volvía a girar. Negación, aceptación, ira. Negación, aceptación, ira.
Durante mi último día en Telluride llamé a Wexler. Estoy seguro de que no le gustó nada oírme.
– ¿Habéis encontrado al informante, al del Stanley?
– No, Jack, no ha habido suerte. Ya te dije que te lo haría saber.
– Lo sé. Sólo que sigo haciéndome preguntas. ¿Tú no?
– Déjalo estar, Jack. Estaremos mejor cuando podamos dejarlo.
– ¿Qué hay de la SIU? ¿También lo han dejado? ¿Caso cerrado?
– Casi, casi. No he hablado con ellos esta semana.
– Entonces ¿por qué seguís buscando al informante?
– También me hago preguntas, como tú. Sólo cabos sueltos.
– ¿Has cambiado de opinión sobre Sean?
– No. Sólo quiero poner las cosas en orden. Me gustaría saber de qué habló con el informante, si es que hablaron. El caso Lofton sigue abierto, ya sabes. No me importaría resolverlo por Sean.
