Noté que ya no le llamaba Mac. Sean ya no era de la panda.

El lunes siguiente volví al trabajo en el Rocky Mountain News. Al entrar en la redacción sentí que las miradas se clavaban en mí, pero no era una sensación nueva. A menudo sentía que me miraban al entrar. Yo tenía un trabajo con el que todos los de la redacción soñaban. Sin agobias diarios, sin cierres diarios. Tenía libertad para recorrer toda el área de difusión del Rocky Mountain y escribir sobre un tema. Asesinatos. A todo el mundo le gusta una buena historia de crímenes. Algunas veces había desmenuzado todo el proceso de un tiroteo, contando las historias del tirador y de la víctima y su colisión fatal. Otras veces había escrito sobre un crimen de la alta sociedad en Cherry Hill o sobre un tiroteo en un bar de Leadville. Intelectuales y paletos, crímenes de poca monta y asesinatos importantes. Mi hermano tenía razón: eso vendía periódicos si lo contabas bien. Y yo lo hacía. Me tomaba el tiempo necesario y lo contaba bien. Sobre mi mesa, junto al ordenador, había una pila de periódicos que medía un palmo de altura. Era mi fuente principal de reportajes. Estaba suscrito a todos los diarios, semanarios y revistas mensuales que se publicaban desde Pueblo hasta Bozeman. Me servían para rastrear pequeñas historias sobre asesinatos que pudiera convertir en grandes reportajes. Siempre había mucho donde escoger. En los dominios del Rocky Mountain mantenía una veta de violencia desde los tiempos de la fiebre del oro. No tanta violencia como en Los Ángeles, Miami o Nueva York, ni mucho menos. Pero a mí nunca me faltaba material. Siempre andaba buscando algo nuevo o diferente sobre el crimen o la investigación, un golpe de efecto o un toque de melancolía. Mi trabajo consistía en explotar esos elementos.

Pero aquella mañana no buscaba ideas para un reportaje. Empecé por escudriñar el montón de, ediciones atrasadas del Rocky y de nuestro competidor, el Post. Los suicidios no figuran en la dieta habitual de los diarios a menos que hayan ocurrido en extrañas circunstancias. La muerte de mi hermano entraba en esa categoría. Pensé que era muy posible que



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