McEvoy era actualmente jefe de la unidad y recientemente había dirigido las investigaciones sobre la muerte de Theresa Lofton, de diecinueve años, que fue hallada estrangulada y mutilada hace tres meses en Washington Park.

Scalari se negó a comentar si el caso Lofton, que sigue sin resolver, se citaba en la nota de McEvoy o era una de las dificultades profesionales que supuestamente le afectaban.

Scalari señaló que no se sabe por qué McEvoy acudió a Estes Park antes de suicidarse y añadió que la investigación sobre la muerte sigue adelante.

Leí la noticia dos veces. No contenía nada que yo no supiera, pero me provocaba una extraña fascinación. Quizá porque creía que sabía o que empezaba a tener una idea de por qué Sean había ido a Estes Park y había hecho todo el camino hasta el lago Bear. Había una razón, pero yo no quería pensar en ella. Recorté el artículo, lo puse en una carpeta y guardé ésta en un cajón del escritorio.

Mi ordenador emitió un pitido y apareció un mensaje en lo alto de la pantalla. Era una llamada del redactor jefe en Denver. Había vuelto al trabajo.

El despacho de Greg Glenn estaba al fondo de la sala de redacción. Una de las paredes era de vidrio y le permitía ver las hileras de mesas en que trabajaban los reporteros y, a través de las ventanas que daban al oeste, las montañas cuando no las tapaba la polución.

Glenn era un buen jefe, que en una noticia valoraba la redacción por encima de todo. Eso era lo que me gustaba de él. En este oficio hay dos escuelas de redactores jefe. A unos les gustan los hechos y atestan con ellos la noticia hasta dejarla tan sobrecargada que nadie la va a leer entera. A otros les gustan las palabras y nunca dejan que los hechos se interpongan. Glenn me gustaba porque me dejaba escribir y casi se puede decir que me permitía escoger el tema.



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