
– Suicidios de policías -le dije-. Quiero encontrar todo lo que pueda sobre ello.
Puso mala cara, supongo que sospechaba que la búsqueda se debía a motivos personales. El tiempo del ordenador es caro y la empresa tiene estrictamente prohibido su uso por razones personales.
– No te preocupes. Es para un reportaje. Glenn acaba de encargármelo.
Asintió con la cabeza, pero me preguntaba si me habría creído. Supuse que lo comprobaría con Glenn. Volvió la mirada a su cuaderno de notas.
– Lo que estoy buscando son estadísticas nacionales de casos, datos sobre la proporción de suicidios de policías comparada con la de otros oficios y con la del total de la población y alguna referencia a gabinetes u organismos gubernamentales que lo hayan estudiado. Uf, veamos, qué otra cosa… ¡Ah, sí! y cualquier cosa anecdótica.
– ¿Anecdótica?
– Ya sabes, recortes sobre suicidios de polis que se hayan publicado. Vamos a remontamos a cinco años atrás… Estoy buscando ejemplos.
– Como el de tu…
Se dio cuenta de lo que iba a decir.
– Sí, como el de mi hermano.
– Es una pena.
Se quedó callada y dejé que el silencio flotase entre nosotros un instante antes de preguntarle cuánto creía que le llevaría la investigación en el ordenador. Desde que no escribía para el cierre diario, mis peticiones solían perder prioridad.
– Bueno, es realmente una búsqueda al azar, sin nada específico. Me va a llevar algún tiempo, y ya sabes que tengo que posponerla cuando empiecen a venir los del diario. Pero lo intentaré. ¿Qué te parece a última hora de esta tarde?
– Perfecto.
De vuelta a la redacción miré el reloj de pared y vi que eran las once y media. Era buena hora para lo que tenía que hacer. Desde mi escritorio hice una llamada a una fuente en el bar de los polis.
