
– E y, Skipper, ¿vas a estar ahí?
– ¿Cuándo?
– A la hora de almorzar. Puede que necesite algo. Es probable que vaya.
– Mierda. Vale. Aquí estoy. E y, ¿cuándo has vuelto?
– Hoy. Luego te cuento.
Colgué, me puse la gabardina y salí de la redacción. Caminé las dos manzanas que me separaban del cuartel general del Departamento de Policía de Denver, puse mi pasé de prensa sobre el mostrador de un poli que no se dignó desviar la mirada de su Post y subí a las oficinas de la SIU en el cuarto piso.
– Te voy a hacer una pregunta -me dijo el detective Robert Scalari cuando supo lo que quería-. ¿Estás aquí como hermano o como periodista?
– Ambas cosas.
– Siéntate.
Scalari se reclinó sobre la mesa, supongo que para que yo pudiera apreciar el laborioso trabajo de peluquería que había realizado para disimular su calvicie.
– Escucha, Jack -dijo-. Esto es un problema para mí.
– ¿Qué problema?
– Mira, si me hubieras venido como un hermano que quiere saber el porqué, eso sería una cosa, y probablemente te
habría dicho lo que sé. Pero si lo que yo te diga va a acabar saliendo en el Rocky Mauntain News, entonces no me interesa. Tu hermano me merece demasiado respeto como para permitir que lo que pasó acabe ayudando a vender periódicos. Aunque a ti no te lo parezca.
Estábamos solos en un pequeño despacho con cuatro escritorios. Las palabras de Scalari me molestaron, pero me contuve.
Me incliné hacia él para que pudiera ver mi cabeza llena de saludable cabello.
– Permítame una pregunta, detective Scalari. ¿Fue asesinado mi hermano?
– No, no lo fue.
– Está seguro de que fue un suicidio, ¿no?
– Exacto.
– ¿Y el caso está cerrado?
– Vuelves a acertar.
Me incliné hacia atrás.
– Pues eso es lo que de verdad me fastidia.
