
– Normalmente, no. Lo hacemos nosotros. El CAP. Sólo que esta vez no van a dejamos que nos investiguemos a nosotros mismos. Conflicto de intereses, ya sabes.
CAP, pensé. Delitos Contra Personas Físicas. Homicidio, agresión, violación. Suicidio. Me preguntaba quiénes figurarían en la lista de personas contra las cuales se había cometido este crimen. ¿Riley?, ¿yo?, ¿mis padres?, ¿mi hermano?
– Fue por lo de Theresa Lofton, ¿no? -inquirí, aunque en realidad no fue una pregunta: Sentía que no era necesario que me lo confirmasen o negasen. Sólo estaba diciendo en voz alta lo que creía que estaba fuera de toda duda.
– No lo sabemos, Jack-dijo St. Louis-. Dejémoslo así de momento.
La muerte de Theresa Lofton fue uno de esos asesinatos que dan que pensar. No sólo en Denver, sino en todas partes. Todos los que escuchaban o leían algo sobre ella se veían obligados a considerar, al menos durante un instante, las violentas imágenes que les acudían a la mente, el revuelo que armaban en las tripas.
La mayoría de los homicidios son asesinatos de poca monta. Así es como los llamamos en las redacciones. Sus efectos sobre los demás son limitados y apenas hacen mella en la imaginación. Se saldan con un par de párrafos en las páginas interiores. Quedan enterrados en el papel como las víctimas bajo tierra.
Pero cuando a una universitaria atractiva la encuentran partida en dos en un lugar hasta entonces apacible como Washington Park, por lo general no hay espacio suficiente en los periódicos para albergar los montones de folios que se escriben sobre el caso. El de Theresa Lofton no fue un asesinato de poca monta. Fue un imán que atrajo a periodistas de todo el país. Theresa Lofton era la chica partida en dos. Eso es lo que tenía de fascinante. Y lo que atrajo a Denver, desde lugares como Nueva York, Chicago y Los Ángeles, a reporteros de televisión, de diarios y de revistas sensacionalistas.
