
El asesinato de Theresa Lofton se comparaba inevitablemente con el caso de la Dalia Negra de cincuenta años atrás en Los Ángeles. En ese caso, una muchacha no tan típicamente americana fue hallada en un solar cortada por la cintura. Un espacio sensacionalista de la televisión bautizó a Theresa Lofton como la Dalia Blanca, jugando con el hecho de que había sido hallada en un campo nevado junto al lago Grasmere de Denver.
Y así, la historia se alimentó a sí misma. Ardió como una tea durante al menos dos semanas. Pero no detuvieron a nadie, y hubo otros crímenes, otros fuegos con los que los medios nacionales pudieron calentarse. Las noticias de seguimiento del caso Lofton pasaron a las páginas interiores de los periódicos de Colorado. Se convirtieron en breves para las páginas de miscelánea. Y, finalmente, Theresa Lofton fue a parar al saco de los asesinatos de poca monta. Fue enterrada.
Mientras tanto, la policía en general y mi hermano en particular permanecían virtualmente mudos, negándose siquiera a confirmar el detalle de que la víctima había aparecido cortada por la mitad. Esta información apareció por casualidad, procedente de un fotógrafo del Rocky llamado Iggy Gómez. Estaba en el parque haciendo fotos de la naturaleza -el tipo de fotografías que llenan las páginas en los días en que apenas hay noticias- cuando tropezó con la escena del crimen con ventaja sobre los demás periodistas y fotógrafos. Los polis habían establecido comunicación por mensajero con las oficinas del juez de instrucción y del forense en cuanto se enteraron de que el Rocky y el Post interferían sus frecuencias de radio. Gómez tomó fotos de dos camillas que transportaban dos bolsas para cadáveres. Llamó a la redacción y dijo que los polis estaban trabajando con dos bolsas y que, a juzgar por su tamaño, las víctimas probablemente serían niños.
