Nadie se fue después de eso. Pero sí entró gente. Mucha gente. Enfermeras, médicos, enfermeros con equipo…

Michael miraba a cada rato a Beth, esperando que ésta le dijera que se fuera. Pero ella no le soltó la mano ni un segundo. En lugar de apretar los puños había decidido apretarle los dedos a él, de manera que pronto dejó de sentirlos.

Pero qué diablos. ¿Quién necesitaba dedos cuando un bebé estaba naciendo en aquella misma habitación?

Michael no apartó la mirada de los ojos de Beth. Lo que estaba pasando por debajo del cuello de ésta era cosa de ella y el doctor. Lo que estaba pasando entre Michael y ella sucedía a nivel de la mirada. Con ésta, Michael trataba de decirle que creía en ella, que creía en su fuerza y en su poder femenino.

Y mientras su cuerpo traía al mundo un bebé, Michael vio cómo se transformaba de mujer en madre… y se sintió tan humilde y maravillado como podía sentirse en aquella situación un hombre de veintisiete años.

Finalmente, poco después de media noche, la habitación quedó en silencio y prácticamente vacía.

Gran parte del equipo médico había desaparecido, pero la cama seguía allí, y Michael, y Beth, y aquella cosita roja que parecía un cacahuete con bracitos y piernas.

El hijo de Beth.

El bebé estaba tumbado sobre su madre, dormitando. Beth también tenía los ojos semi cerrados.

Algo en aquella imagen de madre e hijo hizo que Michael sonriera. Y algo en aquella sonrisa hizo que surgiera en él su fuerte instinto de auto protección de soltero.

– Tengo que irme -dijo en voz alta. Dando una sonora palmada en sus muslos, se levantó de la silla que ocupaba-. Y felicidades.

Beth murmuró algo, adormecida.

Aliviado, Michael se acercó a la puerta. Probablemente, ella se alegraría de librarse por fin de él.

Como debía ser. Su lugar no estaba junto a ella.

La puerta se abrió de repente y la enfermera ratón se asomó al interior.



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