
– Lo siento. Creo que han asumido… -respondió con voz temblorosa.
– No te preocupes por eso -Michael empezó a retroceder hacia la puerta. La muchacha estaba en buenas manos. Ya era hora de salir de allí y volver a su solitaria celebración del nuevo año.
Metió las manos en los bolsillos mientras seguía retirándose.
– Yo sólo… -su hombro topó con la puerta y la abrió, dispuesto a salir disparado.
Entonces, el prehistórico instinto de cazar o ser cazado se impuso y miró cautelosamente hacia el pasillo. Los rápidos pasitos de la enfermera ratón estaban engullendo a toda velocidad la alfombra.
En su dirección.
Volvió a entrar en la habitación tan rápido que la puerta le dio en el trasero al cerrarse.
– Creo que vuelve.
La expresión de Beth se tensó. Dos profundas líneas se marcaron entre sus cejas.
– ¿Otra contracción? -preguntó Michael sin necesidad-. Voy a por la enfermera.
Alguien… cualquiera en lugar de él debería estar allí.
Al ver que, de forma apenas perceptible, Beth negaba con la cabeza, se quedó donde estaba, apretando los puños mientras ella superaba la última contracción.
Respiró cuando ella volvió a hacerlo.
– ¿Te encuentras bien?
Ella asintió.
– En ese caso, será mejor que me vaya -lo era. La pobre mujer debía estar deseando recuperar su intimidad.
Beth volvió a asentir.
Pero antes de que pudiera moverse, Michael vio que se acercaba otra contracción. Empezó en las rodillas y ascendió hacia los hombros… y, de pronto, se encontró junto a ella.
Tomó en una mano uno de los puños cerrados de Beth. Cuando el dolor pasó, sus dedos se relajaron en los de Michael.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó él, mirando el sudor que corría por la frente de Beth. Cuando ella le dijera que estaba bien, podría irse.
– No quiero admitirlo -susurró Beth-, así que no se lo digas a nadie, pero la verdad es que estoy un poco asustada.
