
Beth se mordió el labio.
– Pero los deseos no bastan para lavar los platos -susurró a su bebé-. Alice también me enseñó eso.
Decidida a no dejarse abrumar por sus preocupaciones, se pasó una mano por el revuelto pelo. Hacía unos momentos, una enfermera había pasado por allí y le había sugerido que tomara una ducha. Cuando lo hiciera se sentiría como una nueva mujer.
Alguien llamó a la puerta. Probablemente sería la enfermera que había prometido acudir a ayudarla.
– Adelante.
La puerta se abrió y un hombre pasó al interior.
Beth se ruborizó a la vez que ceñía con una mano las solapas de la bata del hospital. ¿No quería sentirse como una nueva mujer? Pues en aquellos momentos lo era. Porque el alto, moreno y atractivo semidesconocido que acababa de entrar había compartido con ella la noche anterior los momentos más íntimos y milagrosos de su vida.
Deseó que se la tragara la tierra.
– ¿Beth?
Ella recordó su voz, profunda, como debía ser la de un hombre. También lenta, como lo eran las de Oklahoma en comparación con la rápida charla de Los Ángeles a la que estaba acostumbrada.
El hombre dio dos pasos hacia ella y alargó una mano.
Beth extendió la suya por encima de la cuna del bebé para estrecharla. Su mente se llenó de recuerdos de la noche anterior. Los oscuros ojos marrones del hombre, serios, pero reconfortantes. Sus dedos aferrándose a los de él como si pudiera extraer fuerza de aquellas manos. Se ruborizó aún más y apartó rápidamente la mano.
– Soy Michael -dijo él, metiendo la otra mano en el bolsillo de sus vaqueros-. Michael Wentworth.
