Beth no lo había olvidado. Oyó su nombre la noche pasada, justo después de que el reportero sacara la foto del Primer Bebé del Año. Luego, Michael desapareció. Lo cierto era que ella estaba tan centrada en su hijo que no le había prestado mucha atención.

Hasta ese momento.

Ahora sólo podía pensar en cómo la había visto la noche pasada, en el aspecto que debía tener esa mañana, en cuánto le habría gustado haber tomado aquella ducha media hora antes…

En cómo podía librarse amable y educadamente de él en aquel mismo instante.

Michael casi rió en alto. La expresión de Beth era tan transparente que casi podía leerse lo que estaba pensando.

Quería irse a casa.

Pero aquella damita le debía una explicación y algunos detalles. Era lo menos que podía hacer en pago por la maldita foto que había salido en primera plana del periódico y que había causado más llamadas de las que había recibido en toda su vida.

Le dedicó la sonrisa que había perfeccionado durante el tercer grado en la catequesis de los domingos.

– Sólo te entretendré unos minutos.

Beth le dedicó la misma mirada de sospecha que la señorita Walters cuando le juraba que no había copiado en clase.

– Estaba a punto de… -Beth hizo un vago gesto señalando el baño-. Necesito…

– Necesito que me respondas unas preguntas -interrumpió Michael con suavidad. Alguien había enviado por fax a su abuelo la portada del Freemont Springs Daily Post aquella mañana, y la primera llamada que había hecho había sido para asegurar a Joseph que no había otro heredero Wentworth secreto-. He hablado hoy con mi abuelo y estamos deseando que nos des la información que tienes sobre Sabrina.

Beth se mordió el labio.

– Escucha… ayer estaba en un estado realmente extraño. Limpié el maletero de mi coche, luego la guantera. Encontré treinta y siete centavos en los pliegues del asiento trasero. Luego empecé con mi apartamento.



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