
El bebé.
– ¿Quieres saber cómo lo ha llamado? -preguntó, anticipando de nuevo un arrebato de rabia e irritación-. Le ha puesto mi nombre. Ha llamado al bebé Michael -cruzó los brazos sobre el pecho-. ¿Qué te parece?
Elijah parpadeó, volvió a parpadear, y siguió mirando a Michael, primero con gesto aturdido y luego con evidente diversión.
– ¿Quieres saber lo que me parece? -preguntó, riendo y moviendo la cabeza-. Creo que será mejor que hagas de ella una mujer honesta. Así podremos ocuparnos tú y yo por fin seriamente del Rocking H.
¿Qué diablos le pasaba a Elijah? ¿Casarse con Beth? ¿Y de qué se reía?
Michael sólo necesito un momento para comprender. Lo hizo en cuanto vio su reflejo en el lateral cromado del puesto de periódicos. Aunque su mente racional de soltero decía que debería estar irritado, o enfadado, o incluso indignado, su rostro se hallaba distendido por una sonrisa completamente atontada… ¡como si de verdad se sintiera el más orgulloso de los papás!
Beth dejó a su bebé de casi tres semanas en la cuna tras darle la toma de las cinco y media de la mañana. Un segundo después alguien llamó con suavidad a la puerta delantera. Sería Bea Hansen, que siempre subía de la panadería al apartamento con una taza de café y algún bollo recién hecho. El negocio de la panadería generaba personas obligatoriamente madrugadoras.
La mujer de cabello cano cruzó el umbral con una bandeja de cartón que contenía dos humeantes tazas y dos bollos que desprendían un delicioso olor.
Beth olfateó apreciativamente.
– Me mimas demasiado -sonrió y señaló el gastado sofá que ocupaba una de las paredes del apartamento-. Siéntate.
Bea escrutó el rostro de Beth mientras se sentaba.
– Esta mañana no pareces tan pálida. ¿Ha ido bien la toma de las dos?
