
– Estupendamente -Beth tomó una taza de café y aspiró su aroma-. Sobre todo ahora que puedo ver el noticiario nocturno en la televisión.
Bea sonrió cariñosamente.
– Recuerdo lo solitarias que pueden ser las noches que hay que dar de mamar.
– Hmm -Beth dio un sorbo a su café. Solitarias.
Bea dejó de sonreír.
– No puedo dejar de preocuparme por ti, querida. Sin marido, sin madre…
– Tengo mi bebé -Beth sabía que eso tenía que bastarle, porque nunca tendría una madre. Y en cuanto a un marido…
– Pero sin familia para…
Beth apoyó una mano en el brazo de Bea.
– Una amiga leal merece más la pena que diez mil parientes.
Bea se encogió de hombros.
– Entonces tienes veinte mil con Millie y conmigo, pero no dejas que te ayudemos.
Beth sonrió al oír aquello.
– ¿Qué quieres decir? Me ofrecisteis trabajo y un lugar en que vivir.
– Te pagamos el salario mínimo por ayudar a atender la panadería y llevar la contabilidad.
– Pero estoy adquiriendo una experiencia que me vendrá muy bien en el futuro -Beth dio otro sorbo a su café-. Y no olvides el desayuno.
– Pero te vamos a echar del apartamento.
Beth hizo un gesto despreocupado con la mano.
– Desde el principio me aclarasteis que la madre de Millie iba a vivir aquí.
– Si al menos… -Bea se interrumpió, movió la cabeza y un familiar y especulativo brillo iluminó sus ojos. Se volvió a mirar la foto del Daily Post que Beth había enmarcado y colgado entre la cuna y su cama-. Sí. Si al menos Michael Wentworth…
Beth sintió que el corazón se le subía a la garganta.
– No empieces con eso ahora -advirtió a la otra mujer. Bea y Millie, dos encantadoras cotillas, inventaban historias donde no las había. Y por algún motivo, disfrutaban imaginando un romance entre Beth y Michael-. Ese pobre hombre sólo me estaba haciendo un favor.
Mientras que la foto y el artículo que la acompañaba había servido para proveer a Beth y al bebé de cajas y cajas de pañales, ropa para bebé y comida, sabía que lo único que había obtenido Michael de la publicidad había sido bochorno.
