La panadería de Bea y Millie atraía a gran parte de la población de Freemont Springs, y los clientes le habían transmitido sus felicitaciones, además de la noticia de que Michael Wentworth estaba desesperado por recuperar su reputación de soltero.

Y también había sabido que, a pesar de su información, la familia Wentworth aún no había encontrado a Sabrina.

– De todos modos -insistió Bea mientras se levantaba para acercarse a mirar la foto-, creo que a Michael Wentworth le vendría muy bien sentar la cabeza.

– Bea, ya sabes que no estoy interesada en él… -Beth cerró rápidamente la boca al ver una evidencia incriminatoria asomando por debajo de las almohadas de su cama deshecha.

La cazadora de borrego de Michael Wentworth.

Se levantó, pero no hizo ningún movimiento rápido hacia la cama. Si lo hacía se delataría y hacía días que le había dicho a Bea que ya había devuelto la cazadora.

Tenía intención de hacerlo, sobre todo después de que Bea la encontrara un día con ella puesta mientras daba de mamar al bebé.

Se acercó disimuladamente hacia la cama. Si Bea llegaba a enterarse de que aún tenía la cazadora, redoblaría su afán de casamentera.

Volvió a mirar la cazadora. ¿Sería mejor tratar de ocultarla por completo bajo la almohada o arrojarla disimuladamente al suelo por el otro lado de la cama?

– Cuéntame otra vez cómo es el nuevo sitio que has encontrado para vivir -Bea se apartó de la foto de la pared-. Dijiste que era un medio duplex, ¿no?

Beth se quedó muy quieta y apartó la mirada de la cazadora.

– He tenido mucha suerte de conseguirlo -era cierto, no era nada fácil encontrar apartamentos baratos en Freemont Springs-. El señor Stanley parece muy agradable.



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