– Después de que le has prometido que no harás ruido, que no te excederás utilizando la luz y la calefacción y que no llenarás más de una bolsa de basura a la semana.

Beth suspiró. Era cierto. El señor Stanley había establecido unas reglas que más le valía no romper. Esperaba que los pañales desechables pudieran comprimirse como las latas de aluminio.

Bea suspiró.

– Necesitas un hombre, y no me refiero precisamente a Ralf Stanley.

¿Que necesitaba un hombre? Beth no estaba dispuesta a arriesgar de nuevo su corazón, sobre todo después de cómo la había abandonado Evan ante el primer indicio de responsabilidad.

– Ya tengo el único hombre que necesito; tiene tres semanas y duerme como un ángel -no pudo evitar sonreír.

Bea le devolvió la sonrisa.

– Tu hijo es un ángel -dijo, acercándose a la cuna.

Beth se acercó un poco más a la cama. La manga de la cazadora de Michael Wentworth asomaba por debajo de la gruesa almohada. Sus dedos se cerraron en torno al suave ante.

– ¿Qué tenemos aquí? -Beth dio un respingo al oír la voz de Bea. Se volvió hacia ella, bloqueando la vista de la chaqueta con su cuerpo. Bea sostenía en la mano un chupete.

Beth tragó.

– Venía incluido en el lote de regalos para el primer bebé del año -movió la cabeza-. Al bebé no le gusta.

– A mi marido no le gustaba que nuestros niños usaran chupete.

Beth se sentó en la cama a la vez que tiraba de la manta para cubrir la cazadora. Sonrió.

– Al menos yo no tengo esa preocupación.

Bea la miró fijamente unos instantes.

– Eres más valiente que yo.

Beth simuló no entender.

– ¿Una viuda que supo salir adelante y poner en marcha un negocio con éxito? ¡Tú si que tienes valor, Bea!

– Yo conté con mi marido para ayudarme a criar a los niños. Un hombre que me amaba y que amaba a sus hijos.

Beth agarró con fuerza la manga de la cazadora.

– Estoy bien así, Bea.



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