«Nunca admitas lo contrario».

La mujer mayor volvió a suspirar.

– Tengo que volver a la tienda -dijo, reacia.

Beth vio con alivio que su amiga se encaminaba hacia la puerta.

– Adiós, Bea -dijo-. Nos veremos esta tarde durante mi turno.

Bea se detuvo con la mano en el pomo de la puerta.

– ¿No te sientes sola, querida? -preguntó con suavidad-. No tiene nada de malo admitirlo.

Tras años de práctica, Beth sonrió automáticamente.

– Estoy perfectamente, Bea. No te preocupes.

Bea asintió y salió del apartamento.

Involuntariamente, Beth sacó la cazadora de debajo de las almohadas y enterró el rostro en ella. Olía a Michael Wentworth, una fragancia masculina que resultaba casi como magia para alejar la…

Se negaba a pensar en aquella palabra.

– Soledad -susurró en alto.

Soledad… soledad… soledad…

El temido pensamiento hizo eco entre las cuatro paredes. Soltó la cazadora, que cayó al suelo. Tal vez era aquella prenda la culpable de su inhabitual debilidad. Había habido dudas en medio de la noche. Un vacío interior, incluso mientras sostenía a su queridísimo hijo entre los brazos.

La cazadora debía desaparecer. Hoy.

Porque Beth Masterson nunca admitiría la soledad que sentía.

Capítulo 3

Michael ocupó su asiento tras la mesa del despacho, mirando con suspicacia el montón de papeles y carpetas que había sobre ésta. Con el pulgar y el índice alzó las primeras, haciendo que el montón se desperdigara sobre la superficie de caoba.

Suspiró, aliviado. No había nada oculto allí. Ni sonajeros, ni cigarrillos de chicle, ni panfletos sobre cómo hacer eructar a un bebé.

Nada relacionado con bebés.

Dejó escapar un suspiro de alivio. Habían tenido que pasar tres semanas, pero por fin había sucedido.

Se habían acabado las bromas.

Volvió a reunir los papeles y de inmediato lamentó haberlo hecho. ¿De dónde diablos salía todo aquello? Bastaba con que faltara un día del despacho para que el trabajo se amontonara.



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