Maldito abuelo…

El viejo había vuelto a irse a Washington, dejando Wentworth Oil Works en lo que él llamaba las «capaces manos» de Michael. Era una auténtica maldición. Tal vez debería apreciar aquella confianza, pero no cuando el abuelo se negaba a ver lo reacias que eran aquellas manos.

Joseph Wentworth era ciego cuando quería y un maestro de la manipulación todo el rato. Michael sintió el comienzo de un intenso dolor de cabeza. A menos que encontrara algún modo de obligar a Joseph a volver a ocupar su despacho, temía verse encadenado allí para el resto de su vida.

Todos los días lo mismo, las responsabilidades, los compromisos… la familia entera pesaba sobre él como una maldición.

Buzzz.

Michael apretó el botón del intercomunicador.

– Gracias por interrumpir uno de los momentos más deprimentes de mi vida, Lisa -dijo a su secretaria.

Lisa no respondió con su habitual descaro.

– Uh, señor… -nunca solía llamarle señor.

– ¿Qué sucede?

Una pausa cargada de presagios siguió a la pregunta de Michael.

– Tiene visita señor, eh… dos visitantes.

La extraña actitud de Lisa quedó explicada cuando hizo pasar a los inesperados visitantes. Dos personas a las que Michael quería ver en su despacho tanto como a un inspector de hacienda.

Gimió. En alto. Porque ahora que las bromas sobre su paternidad parecían haber acabado, sabía que iban a volver a empezar.

El visitante número uno era Michael Freemont Masterson, vestido completamente de blanco en su cochecito de bebé. La visitante número dos era Beth, con su gastada parca azul, una bufanda de lana roja en torno a la garganta y la cazadora de Michael bajo el brazo.

Beth sonrió tímidamente.

– Te he traído la cazadora. Siento haber tardado tanto.



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