
Michael miró su reloj. ¿Y si la visita durara tan sólo cuarenta segundos? Así existiría la posibilidad de que nadie se enterara. Miró a Lisa, que seguía en el umbral. «No se te ocurra difundir una palabra sobre esto», ordenó mentalmente, y alargó una mano para tomar su cazadora. «Y ahora indica amablemente a esta señorita dónde está la salida».
Malinterpretando todas las órdenes telepáticas de su jefe, Lisa avanzó rápidamente y tomó la cazadora antes que él.
– Siéntese, señorita Masterson. ¿Le apetece tomar algo? ¿Té? ¿Café?
Michael se quedó boquiabierto. Lisa nunca ofrecía nada a nadie. Si él quería café, tenía que salir a servírselo.
Beth sonrió a Lisa, como si hubiera comprendido el honor que suponía su ofrecimiento.
– Una taza de té me vendrá bien para calentarme las manos, gracias.
– Deberías usar guantes -se oyó decir Michael. Luego, en tono aún ligeramente hosco, añadió-: Supongo que puedes sentarte.
Beth acercó el coche del bebé a la silla y ocupó ésta.
¿Cuánto tiempo podía llevarle tomarse el té?, se preguntó Michael. Como mucho, noventa segundos.
Con rápidos movimientos, Beth se quitó la bufanda y la parca.
Michael la miró, sin saber exactamente qué parte de aquella mujer hacía que le resultara tan difícil apartar la mirada de ella. Cada vez que la había visto anteriormente llevaba abrigos, o batas, o mantas. También tenía una larga melena de pelo rubio.
– Te lo has cortado -dijo, estúpidamente.
– Así es más cómodo -Beth se pasó una mano por el pelo. Aunque un poco más largo que el de un chico, realzaba el contorno de su cabeza. También hacía que sus ojos y su boca parecieran más grandes.
Lisa volvió un momento después con una humeante taza de té. Antes de dársela a Beth, fijó su atención en el bebé. Luego miró a la madre.
– Parece mentira que sólo hayan pasado tres semanas desde que diste a luz -dijo, sonriente-. Nadie recupera la figura con tanta rapidez.
