
Michael volvió a mirar a Beth. No quería, pero había sido culpa de Lisa. Sí; antes, Beth llevaba gastadas parcas y batas de hospital y mantas. Ahora llevaba vaqueros y un ceñido jersey blanco.
– Siempre he sido más bien delgada -contestó, devolviendo la sonrisa a Lisa-. Pero te aseguro que algunas de las curvas son totalmente nuevas.
Ahora fue culpa de Beth que Michael siguiera mirando. Si las curvas eran una adquisición reciente, el parto era el mejor amigo de aquella mujer.
De pronto se dio cuenta de que ambas mujeres lo estaban mirando. ¿Habría hecho algún ruido sin darse cuenta? ¿Habría gemido?, se preguntó, horrorizado.
Carraspeando, volvió a mirar su reloj. No recordaba con exactitud cuándo había llegado Beth, pero era evidente que llevaba allí demasiado tiempo.
Ella pareció captar la indirecta. Tras dar un sorbo, dijo:
– Debo irme. Tengo que volver a la panadería.
– ¿La panadería? -repitió Michael, frunciendo el ceño mientras Lisa volvía a salir del despacho-. Ah, sí. Me dijiste que trabajabas ahí. ¿Has vuelto a trabajar tan pronto?
– Bea y Millie me necesitan.
Una desconocida inquietud recorrió la espalda de Michael.
– Debes descansar. Bea y Millie pueden pasarse sin ti unos días más.
Beth sonrió educadamente mientras dejaba la taza en el borde del escritorio.
– Gracias de nuevo por la cazadora… y por todo lo demás que hiciste por mí.
De pronto, a Michael no le hizo gracia la idea de que se fuera.
– ¿No quieres saber qué pasa con Sabrina?
Beth hizo una pausa mientras tomaba su parca.
– ¿La habéis encontrado? -preguntó.
– Gracias a ti supimos que estaba aquí. Incluso averiguamos dónde -Michael sintió un repentino remordimiento. Debería haber visitado a Beth para comunicarle lo que habían descubierto. Debería haber comprado algo para el bebé. Pero había estado tan empeñado en apagar los rumores que había evitado tener nada que ver con ella-. Pero ha vuelto a desaparecer.
