– Material de lectura con el que tengo que ponerme al día.

– ¿Estás suscrita a esta revista? -Michael frunció el ceño-. Supongo que no sé mucho sobre ti.

Ahora era un buen momento para decirle que todo lo que necesitaba saber sobre ella era que no iba a dormir con él. Punto. Incluso con la promesa de que no habría sexo.

– Asistí a una universidad estatal en Los Ángeles -dijo Beth, en lugar de lo que estaba pensando. Hasta que Evan, el padre de Mischa, uno de los estudiantes del departamento de economía, negó toda responsabilidad respecto al bebé. Al parecer, creía tanto en las estadísticas que no podía aceptar encontrarse en el pequeño rango de error de su método de control de natalidad-. Me faltan tres semestres para obtener el título de contable -aunque tal vez debería haber elegido la especialidad de cuentos de hadas, pensó Beth. Porque a pesar de sus solitaria infancia, o tal vez a causa de ella, había creído en los cuentos de hadas hasta el momento en que Evan dijo que en realidad no la amaba y luego la acusó de haber tratado de atraparlo. Menudo príncipe encantado…

Pero la amargura no era una emoción saludable para una madre soltera. Cuadrando los hombros, apartó de sus pensamientos a Evan y miró a Michael a los ojos con gran calma.

Lo cierto era que su estómago estaba bailando al ritmo de un boogie-boogie, pero no creía que él pudiera notar eso.

– Respecto a lo de dormir juntos… -¿de verdad había dicho eso? Por la sorprendida expresión de Michael, parecía que sí-. Me refiero a los arreglos para dormir.

Michael le prestó toda su atención. Beth no pudo evitar mirar su boca. La había besado, y el mero recuerdo de aquel beso hizo que un ardiente escalofrío recorriera su espalda. Pero la carga de pasión de aquel primer beso sólo había sido un síntoma del júbilo que le produjo a Michael haberle ganado por la mano a su abuelo. Sin embargo, el beso que le había dado tras la ceremonia había sido breve, frío, controlado.



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