
A Beth no le había gustado nada.
– ¿Los arreglos para dormir? -repitió Michael. Metió las manos en los bolsillos de su pantalón y se apoyó contra el escritorio, cruzando un pie sobre el otro. Tranquilo y controlando la situación.
Pero entonces Beth percibió un ligero tic en su mandíbula, como si se estuviera esforzando por adoptar aquella actitud despreocupada. Otro escalofrío recorrió su espalda.
«Dile que no piensas dormir con él».
– Voy a quedarme aquí -dijo, aferrando con la mano el cabecero metálico de la cama-. Aquí con Mischa.
El tic de la mandíbula de Michael se acentuó. Se apartó del escritorio y avanzó hacia ella. Beth agarró con más fuerza el cabecero.
Michael deslizó la mirada de su rostro a sus pechos, luego a sus vaqueros y a continuación de vuelta a su rostro. Beth contuvo el aliento.
– Será lo mejor -dijo, en un tono suave que contrastaba con la calidez de su mirada y la evidente tensión de sus hombros. Se acercó rápidamente a la puerta-. Por mi parte no hay problema.
Cerró al salir.
Beth soltó el cabecero. Se masajeó la rígida mano y miró el precioso anillo que adornaba su dedo.
Y trató de comprender por qué la despreocupada aceptación de Michael de su proclamación, que debería haber supuesto un tremendo alivio para ella, le parecía ahora una decepción más.
Si la mansión Wentworth era un castillo, decidió Beth mientras bajaba la impresionante escalera a la mañana siguiente, entonces ella era la princesa que había soportado dormir aquella noche con un guisante bajo su colchón.
No había logrado pegar ojo más de un minuto seguido.
Bostezó, arrastrando su fatiga tras sí por el vestíbulo. Durante el desayuno evitaría el café y luego volvería al dormitorio con Mischa para tratar de echar un sueñecito.
La visión de Michael, totalmente despejado y recién duchado, le hizo tragarse su siguiente bostezo.
