– Buenos días -saludó él desde detrás del periódico que leía.

– Buenos días -contestó Beth. Había esperado evitarlo bajando temprano a desayunar. Antes de que pudiera buscar una excusa para volver directamente a su dormitorio, Evelyn entró en el comedor con una humeante bandeja.

– Deje que me ocupe del bebé mientras usted desayuna, señora Wentworth -el ama de llaves dejó la bandeja, apartó de la mesa la silla opuesta a la de Michael y tomó a Mischa en sus brazos.

¿Señora Wentworth? Aturdida, Beth parpadeó y se sentó mientras Evelyn volvía a la cocina.

– ¿Café, señora Wentworth?

Beth dio un respingo. Una mujer mayor con un vestido liso y delantal surgió inesperadamente de un rincón con una brillante cafetera plateada en la mano. Tomando el silencio de Beth como una respuesta afirmativa, la mujer llenó su taza de café y a continuación se retiró.

Beth volvió a parpadear. ¿Señora Wentworth? Miró el anillo en su dedo. Por supuesto, señora Wentworth.

El periódico hizo un leve ruido.

– Pensabas que todo era un sueño, ¿no? -por encima del borde del periódico, la expresión de Michael no delató nada-. Pero al despertar has comprobado que eres realmente mi esposa.

Beth cerró la boca audiblemente. Su esposa. Sirvientes. Señora Wentworth. Nada en el Thurston Home para chicas la había preparado para aquello.

– Esposa temporal -dijo, y un papel temporal que pensaba representar ocultándose todo el tiempo posible de los sirvientes y de Michael. Del mundo entero.

Después del desayuno se retiraría a su habitación a echar una siesta. De ahora en adelante comería en la cocina a horas poco habituales-. Esposa temporal -repitió con firmeza.

Michael deslizó la mirada hacia la cocina.

– No dejes que corra el rumor -dobló el periódico y lo dejó junto a su plato-. Sobre todo porque anoche hablé con mi abuelo.



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