
– Creía que ya se lo habías dicho.
Michael sonrió irónicamente.
– Hasta ayer por la noche no pude hablar con él en persona.
Algo en su tono de voz llamó la atención de Beth.
– ¿Y? ¿Cómo se tomó la noticia?
Michael se encogió de hombros.
– Si no supiera lo distraído que está tratando de averiguar con exactitud lo que le pasó a Jack, diría que sospechosamente bien.
La expresión de Michael se tensó visiblemente cuando mencionó a su hermano. Beth no pasó por alto aquel detalle. Con deliberado desenfado, tomó su taza de café y miró el negro contenido. Una auténtica esposa habría tratado de consolarlo. Una esposa de conveniencia mantendría la boca cerrada.
– ¿Y tu renuncia al cargo? ¿También le dijiste que piensas dejar Oil Works?
Michael le dedicó una extraña mirada.
– ¿Te preocupas por mí?
– Por mí misma -corrigió Beth rápidamente-. Ese era nuestro trato, ¿recuerdas? Tú te libras del negocio familiar y yo consigo seguridad para Mischa.
Michael volvió a encogerse de hombros.
– Eso también se lo tomó bien. Llevo meses diciéndole que Steve Donnolly puede hacer el trabajo y, por primera vez, mi abuelo estuvo de acuerdo conmigo.
– Así que ya está hecho -Beth se llevó el café a los labios. Ahora todo lo que le quedaba por hacer era llevarse a Mischa arriba para esperar a que acabara aquella farsa de matrimonio.
– Tal vez.
Beth dejó la taza en el platillo.
– ¿Qué quieres decir con tal vez?
Michael tamborileó con los dedos sobre la mesa.
– Si conozco bien al abuelo, y te aseguro que lo conozco, seguro que está poniéndose en contacto con cada soplón y detective del noreste de Oklahoma.
– Oh, estupendo -Beth se hundió contra el respaldo de su asiento-. ¿Y no crees que deberías haber pensado en eso antes de casarte con una mujer a la que apenas conoces?
– Tal vez.
Beth empezaba a cansarse de aquellas dos palabras.
