– Pero después de haber salido con todas las mujeres solteras en un radio de cien millas -continuó Michael-, ¿resultaría más creíble que me casara de repente con una de ellas?

¿Había salido con cada soltera en un radio de cien kilómetros?

– Ese es tu problema -dijo, apartando su silla de la mesa-. Tú podrás manejarlo -de pronto se le había ido el apetito.

– «Nosotros» podremos manejarlo.

– ¿Nosotros? -repitió Beth-. ¿Qué puedo hacer yo al respecto?

– Puedes ir de compras hoy mismo. Pasa por la panadería. Charla con las amigas. Ya sabes… sobre nuestro matrimonio.

– ¿Sobre nuestro matrimonio? -¿qué matrimonio?, pensó Beth, frunciendo el ceño-. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Y de qué podría hablar?

– Todo lo que digas acabará llegando a oídos de mi abuelo. Costará convencerlo de que somos una auténtica pareja. En cuanto a lo que puedes decir… -Michael sonrió-… lo típico de los recién casados. Ya sabes, lo buen amante que soy y todo eso.

Beth no estaba dispuesta a tocar aquel tema.

– No sé por qué estás tan seguro de que lo que diga vaya a llegar a oídos de Joseph Wentworth. No nos movemos exactamente en los mismos círculos.

– No subestimes a mi abuelo, Beth. Ha vivido toda su vida en Freemont Springs, y conoce gente en todas partes.

Justo cuando había planeado pasar aquella mañana y el resto de su vida de «casada» en el dormitorio, Beth se veía empujada a desfilar por Freemont Springs mostrando a todos su anillo de casada.

Michael se relajó contra el respaldo del asiento y le dedicó otra traviesa sonrisa.

– Y mientras hablas sobre nuestra vida de casados, asegúrate de no subestimarme. Tengo una reputación que mantener.

A Beth no le apeteció lo más mínimo devolverle la sonrisa. De hecho, le habría encantado esfumarse de la habitación. Tuvo que conformarse con pasar junto a Michael.

– ¡Te estaría bien empleado que dijera que los he tenido mejores!



42 из 115