
Michael la sujetó por la muñeca. Beth se detuvo y lo miró.
– No podría haber mejor pareja que tú y yo, te lo aseguro -murmuró él con voz ronca.
Sensaciones, respiración entrecortada, intensos latidos del corazón… Beth trató de superar todo aquello, de encontrar una fría y razonable respuesta. Liberó su muñeca de la mano de Michael. Alzó levemente la nariz, como si su contacto fuera más una molestia que una tentadora excitación.
– Supongo que Alice tenía razón -dijo, extrayendo un dicho de su recuerdo-. «Quien quiera huevos debe soportar el cacareo de las gallinas».
«No puede haber mejor pareja que tú y yo» ¿Qué había sido aquello? ¿Una promesa? ¿Una amenaza?
Beth no estaba más cerca de una respuesta ahora que casi había oscurecido y se sentía agotada tras haber pasado la tarde caminando y sonriendo, haciendo verdaderos esfuerzos por aparentar ser la viva imagen de una auténtica y feliz recién casada Wentworth.
Sin energía para subir las escaleras que llevaban a su dormitorio, se dejó caer con Mischa en un sillón de cuero frente a la chimenea encendida de la biblioteca. El bebé dormía en su regazo.
¡Cuánto lo quería! Y a pesar de su cansancio, Beth reconocía que había disfrutado aquella tarde. Ella y Mischa habían visto a varios trabajadores del ayuntamiento quitando los adornos de navidad. Dos de los hombres, clientes habituales de la panadería, habían tomado a Mischa en brazos para jugar un rato con él.
Aquella era la belleza de las pequeñas poblaciones como Freemont Springs. El pueblo había encontrado un lugar en el corazón de Beth y ella lo había acogido gustosa. Era el lugar al que llegó cuando abandonó Los Ángeles. Era el lugar en que había dado a luz a su hijo.
Era el lugar en que se había casado.
Miró el fuego, sintiendo que las mejillas se le acaloraban al recordar las suaves bromas y sinceras felicitaciones que había recibido. Según Evelyn, Michael estaba en casa, trabajando en su despacho de la segunda planta. Cuando recuperara la energía subiría a informarle del éxito de su excursión.
