
Por alguna extraña razón, nadie había hecho la más mínima insinuación cuando había hablado sobre su marido y su nueva vida como señora de Wentworth. Tal vez se debía a que Bea y Millie ya habían corrido la voz.
Beth dudaba que alguna de las personas con las que había hablado fueran informadores de Joseph Wentworth, pero, de todos modos, se esforzó por interpretar bien su papel.
Suspiró. Después de informar a Michael, se retiraría directamente a su dormitorio para acostarse temprano.
Michael miró sin ver la pantalla del ordenador portátil. Debería estar satisfecho, incluso feliz después del paseo de Beth por Freemont Springs. Su abuelo ya debía estar convencido de que se había casado con Beth por las razones adecuadas.
¿Pero cuales eran las razones adecuadas?
No quería pensar en la respuesta a aquella pregunta.
Como tampoco quería pensar en el ruborizado rostro de Beth cuando la había tomado por la muñeca esa mañana o en su casi tímida mirada de unos minutos antes, cuando le había comunicado las felicitaciones que había recibido de los habitantes de Freemont Springs. Mischa había empezado a lloriquear entonces y Beth se había ido del despacho, dejando a Michael desconcertado, preocupado… y aburrido con el maldito informe que estaba elaborando para Donnolly.
Tal vez debería dedicarse a descifrar lo acontecido durante el desayuno, aquel críptico comentario sobre los huevos y las gallinas.
Cualquier cosa para evitar enfrentarse al hecho de que estaba casado. ¡Casado!
Se sentía terriblemente culpable al respecto. Y también extrañamente estimulado.
Las manos de Beth temblaron cuando repitió los votos. Michael se quedó helado entonces, como si lo hubieran despertado de repente con un cubo de agua fría. La ceremonia era auténtica, no una jugarreta de un niño travieso para engañar a su abuelo. Era un auténtico matrimonio con una mujer cuyo pelo rubio y ojos azules le habían hecho ponerse a rebuscar entre las joyas que había heredado de su madre hasta encontrar lo que consideró el perfecto anillo.
