
Apagó el ordenador y se pasó las manos por el rostro. Tal vez debía zanjar aquello antes de que sucediera algo inesperado. Antes de que alguien resultara dañado.
La puerta del despacho se estremeció con una urgente llamada. Beth pasó al interior de inmediato, respirando agitadamente y ligeramente ruborizada.
– Michael…
Él saltó de su asiento.
– ¿Qué? ¿Qué sucede? -preguntó-. ¿Misha? ¿Está bien el bebé?
Beth asintió.
– Misha está bien. Es… es… -Beth se interrumpió, tomó a Michael de la mano y lo arrastró fuera del despacho.
Sus dedos eran cálidos. Estando tan cerca, Michael pudo oler su perfume. Pero no, Beth no llevaría perfume. Su aroma procedía de algún champú floral. Y también había un toque más familiar. Ah. Jabón de menta y avena, el que se usaba en los baños de la casa.
El jabón que él deslizaba por su piel cada mañana.
No debería encontrar un jabón compartido tan excitante. Tan… casado.
Beth se detuvo en el pasillo, entre su propio dormitorio y el de Michael, cuyas puertas estaban abiertas. Soltó la mano de Michael.
Él echó de menos su contacto de inmediato.
– ¡Mira! -dijo ella, señalando ambas habitaciones-. Evelyn ha dicho que son regalos de tu abuelo. Sorpresas que han llegado esta misma tarde.
La cama en que había dormido Beth, en el supuesto dormitorio del niño, había desaparecido. En su lugar había un enorme arcén de juguetes y un caballo balancín de madera con el que Michael había compartido durante su infancia más aventuras de las que podía recordar. Sonrió y dedicó un saludo con la mano a su viejo favorito. A Mischa le iba a encantar el viejo Blackie.
– ¡No vas a salirte con la tuya! -murmuró Beth entre dientes. Apoyó una mano en el brazo de Michael y le hizo girar en dirección a su dormitorio.
