
Protegiendo sus ojos de las potentes luces, saltó del vehículo. Las puertas del hospital se abrieron y un enfermero de guardia les acercó rápidamente una silla de ruedas.
– ¿Un bebé? -preguntó.
Michael asintió mientras corría a abrir la puerta de pasajeros. La joven se volvió y Michael la tomó en brazos para sentarla en la silla de ruedas. Después, él dio un paso atrás.
«Bien, ahora esto ya no es problema mío».
La silla avanzó, empujada por el enfermero.
– ¡Espera! -se oyó Michael gritar a sí mismo. Recogió la cazadora del coche y, poniéndose en cuclillas ante la joven, rodeó con ella sus piernas.
Ella apoyó una mano en su hombro.
Michael alzó la mirada.
Las brillantes luces del hospital iluminaron el rostro de la joven. Su pelo relució como un pálido y frío fuego, y sus ojos azules, azules turquesa, le produjeron una inexplicable inquietud.
– Gracias -dijo ella, y acarició con un frío dedo la mejilla de Michael.
A continuación, empujada por el enfermero, la silla avanzó hacia la entrada y en unos instantes desapareció tras las balanceantes puertas.
Michael volvió al todoterreno y cerró la puerta. Se apoyó contra el respaldo del asiento, dio un profundo suspiro e intentó relajarse.
Pero no pudo.
El interior del vehículo olía a la mujer. Un tenue aroma, fresco y dulce. Abrió una rendija de la ventanilla para que entrara una ráfaga del frío aire de Oklahoma, pero eso le hizo recordar el dedo de la joven cuando lo había tocado y el brillo de su pelo color luz de luna.
¿Estaría bien?
Giró la llave de contacto y bombeó el pedal del acelerador, esperando ahogar aquel pensamiento en el ruido de los ocho potentes cilindros.
Maldijo a Jack. Su hermano mayor no debería haber muerto a los treinta y cinco años, y menos aún en la explosión causada por un atentado terrorista en una plataforma petrolífera en la costa de Qatar.
