
Maldijo a su abuelo. Empeñado en conocer los detalles de la muerte de su nieto, Joseph Wentworth había ido a Washington D.C.
Por si acaso, también maldijo a Josie, su hermana recién casada.
Todos ellos habían permitido que las responsabilidades de la compañía petrolífera recayeran sobre sus espaldas.
Después de la muerte de Jack, Michael no había querido saber nada al respecto, pero su abuelo, el viejo manipulador, sabía cómo doblegarlo a su voluntad.
Sólo necesitó mencionar «los pocos años que le quedaban» y repetir varias veces «ahora que Jack no está con nosotros» para que Michael, culpabilizado, volviera corriendo a su despacho en la empresa.
Lo peor era que todos sabían que a Joseph Wentworth aún le quedaban por lo menos veinticinco años de vida activa ante sí, y que a todos les correspondía tomar las riendas de Wentworth Oil Works. Además, si no llegaran a encontrar la respuesta a la muerte de Jack, o al bebé que éste había engendrado antes de morir, Joseph necesitaría Wentworth Oil Works más que nunca.
Y Michael necesitaba librarse cuanto antes de aquella carga. Con Jack muerto y su hermana Josie casada con el ganadero Max Carter, era hora de que él siguiera adelante con su propia vida. Y su propio sueño. Un hombre no podía construir un establo lleno de caballos campeones desde una oficina en un ático del edificio Wentworth.
Giró en dirección a la salida del hospital y miró el reloj. Eran las diez menos cuarto. Por lo menos ya faltaba poco para medianoche. Y a medianoche sería casi el nuevo año, y esperaba que en el nuevo año el abuelo volviera a centrarse en el negocio familiar en lugar de en la tragedia familiar.
Si al menos apareciera aquella escurridiza y embarazada Sabrina…
Embarazada.
La joven, Beth, surgió en su mente de nuevo. Su temblorosa sonrisa y los pequeños puños que la ayudaron a ocultar el malestar que sentía.
Pero aquello no era asunto suyo.
