
No era su problema.
Debería estar en casa con un vaso de whisky en una mano y una cerveza en la otra, viendo en la televisión la llegada del nuevo año.
Sin embargo, algo estaba dominando su mente. Su pie pisó con fuerza el pedal del freno, una mano dio un volantazo al coche, y un instante después volvía al aparcamiento del hospital.
Alguna mente despejada del Hospital del Condado de Travis había pintado rayas de diversos colores en el suelo para guiar hasta su destino a los visitantes a través del sospechoso laberinto de pasillos. De camino a la sección de maternidad, Michael llegó cuatro veces a la cafetería y una al ala de psiquiatría.
«No levantes la vista», se dijo para sí, apartando la mirada de la observadora enfermera a cargo de esa zona para volver de nuevo a las rayas de colores del suelo.
Debía estar loco para haber vuelto a buscar a aquella mujer al hospital… No tenía sentido tentar al destino de aquella manera.
Paredes pintadas con cigüeñas en tonos pastel le indicaron que finalmente había encontrado el lugar correcto. Una enfermera con una insignia en la solapa se hallaba de pie detrás de un mostrador. Alzó las cejas y siguió a Michael con la mirada cuando éste entró en la desierta sala de espera. Michael ocupó rápidamente un asiento y tomó una revista deportiva de la mesa.
– Estoy esperando a alguien -explicó a la enfermera-. Me quedaré aquí por si me necesita para algo.
O hasta que recuperara el sentido común y decidiera volver a donde debería estar: su casa.
Segundos después, una pequeña enfermera con aspecto de ratoncillo dobló una esquina y fue como una exhalación hacia Michael.
– ¡Ahí está! -un fuego combativo ardió en sus ojos.
Aquella mirada de fuego hizo que Michael se levantara de inmediato.
– ¿Qué sucede? -preguntó, mirando hacia atrás y a los lados, sintiéndose incapaz de moverse mientras la mujer ratón seguía acercándose.
La enfermera metió un dedo en el bolsillo de la chaqueta de su smoking y tiró de él en dirección al lugar del que venía.
