– Un hombre en smoking -dijo con voz estridente-. Han dicho que la ha traído un hombre vestido de smoking.

Sin parar para tomar aliento, la mujer lo arrastró hasta un pasillo enmoquetado con anchas puertas a los lados. Su áspera voz se convirtió de repente en un susurro.

– Lamento fastidiarle la noche, querido, pero vamos hacia el paritorio, donde está a punto de ser padre.

Michael tragó con esfuerzo.

– Pero…

– Pero nada -con una sacudida de su imaginario rabo, la enfermera le hizo pasar a una habitación con luz tenue y música suave-. ¡Mira a quién he encontrado, Beth! -susurró, dirigiéndose a la joven que estaba en la cama.

Beth no respondió. Michael notó que sus manos, apoyadas sobre la manta, se cerraron casi con violencia. Otra contracción. Quiso moverse, adelante, atrás, hacia cualquier sitio, pero la pequeña enfermera lo tenía firmemente sujeto por el brazo.

Un instante después, las manos de Beth se relajaron y su cabeza giró hacia él. Un mechón de su extraño pelo color luz de luna se había pegado a su mejilla a causa del sudor.

Sus miradas se encontraron y Michael sintió que la parte trasera de su cuello ardía.

¿Qué demonios estaba haciendo allí? Aunque Beth llevaba puesto un camisón y estaba cubierta por una manta, algo en el ambiente hospitalario y en la parafernalia médica que los rodeaba le hicieron sentir que estaba atentando contra su pudor.

Sonrió a modo de disculpa.

– Creo que sería mejor…

La enfermera ratón clavó sus diminutas garras en su antebrazo.

– Tengo que ir a ver a otra paciente, joven. No se le ocurra irse antes de que vuelva.

Una vez a solas, Michael volvió a sonreír y miró hacia la puerta.

– Creo que ha habido un error.

La sonrisa de respuesta de Beth fue la misma que Michael había tratado de olvidar a toda costa.



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