
– Ella lo encontrará -dijo Peter, con una sonrisa irónica en sus labios.
– Las madres siempre lo hacen -acordó Tillie.
El silencio se impuso en la conversación, y Tillie casi deseó que Robbie regresara y llenara el vacío con su cháchara amistosa, aunque un poquito vacua. No sabía qué decir a Peter Thompson, qué hacer en su presencia. Y no podía dejar de preguntarse -una peste al alma seguramente risueña de su hermano-, si él estaría pensando en su dote, y el tamaño de la misma, y en las muchas ocasiones que Harry la había mencionado como su atributo más brillante.
Pero entonces él dijo algo completamente inesperado.
– La reconocí desde el momento en que entró.
Tillie parpadeó con sorpresa.
– ¿De veras?
Los ojos de él, que ahora se daba cuenta de que eran de un fascinante tono gris-azulado, la observaban con una intensidad que hacía que quisiera retorcerse.
– Harry la describió bien.
– Nada de trenzas torcidas -dijo ella, incapaz de mantener el dejo de sarcasmo fuera de su voz.
Peter rió entre dientes.
– Veo que Robbie ha estado contando historias.
– Varias, en realidad.
– No le preste atención. Todos hablábamos sobre nuestras hermanas, y estoy bastante seguro de que todos las describimos como eran cuando tenían doce años.
Tillie decidió allí y entonces que no había razones para informarle que la descripción de Harry le había cuadrado siendo mucho mayor. Mientras todas sus amigas habían estado creciendo y cambiando, y necesitando ropas nuevas, más femeninas, la figura de Tillie había permanecido obstinadamente infantil hasta sus dieciséis años. Incluso ahora era delgada como un niño, pero tenía algunas curvas, y Tillie estaba emocionada con cada una de ellas.
Ahora tenía diecinueve años, casi veinte, y por Dios que ya no era “toda codos y rodillas”. Y nunca volvería a serlo.
