– ¿Cómo me reconoció? -preguntó Tillie.

Peter sonrió.

– ¿No puede adivinarlo?

El cabello. El espantoso cabello Howard. No importaba si sus trenzas torcidas habían dejado paso a un lustroso rodete. Ella y Harry, y su hermano mayor, William, poseían el infame cabello Howard rojo. No era rubio rojizo, y no era tiziano. Era rojo, o anaranjado en realidad, un cobre brillante que Tillie estaba bastante segura de que había hecho que más de una persona entornara los ojos y apartara la mirada a la luz del sol. De algún modo, su padre había escapado a la maldición, pero había regresado con fuerzas sobre sus hijos.

– Es más que eso -dijo Peter, sin que ella necesitara decir las palabras para saber lo que estaba pensando-. Usted se parece mucho a él. Su boca, creo. La forma de su rostro.

Y lo dijo con una intensidad tan serena, con semejante oleada de emoción controlada, que Tillie supo que él también había querido a Harry, que lo extrañaba casi tanto como ella. Y eso hizo que quisiera llorar.

– Yo…

Pero no pudo decirlo. Su voz se quebró, y para su horror, se sintió lloriquear y jadear. No era propio de una dama y no era delicado; era un desesperado intento de evitar sollozar en público.

Peter también lo vio. La tomó del codo y la movió expertamente para que quedara de espaldas al gentío, entonces sacó su pañuelo y se lo entregó.

– Gracias -dijo ella, dándose toquecitos en los ojos-. Lo siento. No sé qué me sucedió.

Dolor, pensó él, pero no lo dijo. No había necesidad de exponer lo obvio. Ambos extrañaban a Harry. Todos lo extrañaban.

– ¿Qué la trae a casa de lady Neeley? -preguntó Peter, decidiendo que era necesario un cambio de tema.

Ella le ofreció una mirada agradecida.

– Mis padres insistieron. Mi padre dice que el chef de ella es el mejor en Londres, y que no nos permitiría rehusarnos. ¿Y usted?

– Mi padre la conoce -dijo él-. Supongo que ella se apiadó de mí, tan recién llegado a la ciudad.



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