Había muchos soldados recibiendo el mismo tipo de compasión, pensó Peter irónicamente. Muchos hombres jóvenes, terminados con el ejército o a punto de estarlo, con cabos sueltos, preguntándose qué se suponía que hicieran ahora que no tenían rifles ni galopaban a la batalla.

Algunos de sus amigos habían decidido permanecer en el ejército. Era una ocupación respetable para un hombre como él, el hijo más joven de un aristócrata menor. Pero Peter había tenido suficiente de la vida militar, suficiente de los asesinatos, suficiente muerte. Sus padres lo alentaban a entrar en el clero, que era, a decir verdad, la única otra vía aceptable para un caballero de pocos medios. Su hermano heredaría la pequeña casa solariega que iba con la baronía; no quedaba nada para Peter.

Pero de algún modo el clero parecía erróneo. Algunos de sus amigos habían salido del campo de batalla con una fe renovada; para Peter había sido lo opuesto, y se sentía sumamente incompetente para conducir a cualquier rebaño por el sendero de la rectitud.

Lo que realmente deseaba, cuando se permitía soñar con eso, era vivir tranquilamente en el campo. Un caballero granjero.

Sonaba tan… pacífico. Tan completamente diferente a todo lo que su vida había representado durante los últimos años.

Pero una vida semejante requería de tierras, y las tierras requerían dinero, y eso era algo de lo que Peter escaseaba. Tendría una pequeña suma una vez que vendiera su comisión y se retirara oficialmente del ejército, pero no sería suficiente.

Lo que explicaba su reciente llegada a Londres. Necesitaba una esposa. Una con una dote. Nada extravagante; ninguna heredera tendría permitido casarse con alguien como él, de cualquier modo. No, sólo necesitaba una muchacha con una modesta suma de dinero. O, mejor aún, una extensión de tierra. Estaría dispuesto a establecerse en casi cualquier parte de Inglaterra mientras eso significara independencia y paz.



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