– ¿Lo han matado?

– Sí, siñor dottori.

– ¿Y quién es ese Piero?

– No sabría decírselo, dottori.

– ¿Dónde ha sucedido?

– No lo sé, dottori.

En el cuarto de baño guardaba una reserva de agua en un bidón. Vertió la mitad en el lavabo, mejor no gastarla toda, quién sabía cuando se dignarían volver a darla, y consiguió con dificultad arrancarse el jabón vitrificado. Dejó el cuarto de baño hecho un asco, una auténtica porquería; seguramente la asistenta Adelina le dedicaría mortales maldiciones y sentidos augurios de mal año.

Llegó a la comisaría al mismo tiempo que Fazio.

– ¿Dónde se ha producido el homicidio?

Fazio lo miró perplejo.

– ¿Qué homicidio?

– El de un tal Piero.

– ¿Eso le ha dicho Catarella?

– Sí.

Fazio se echó a reír, primero bajito y después cada vez más fuerte. Montalbano se inquietó, entre otras cosas porque experimentaba un persistente prurito en aquella parte del cuerpo sobre la cual se había sentado para conducir. Y no le parecía decente darle a la parte en cuestión un furioso rascado. Se ve que no había logrado librarse del todo del jabón pegado a la piel.

– Si fueras tan amable de ponerme al corriente de…

– ¡Disculpe, dottore, pero es que la cosa tiene su gracia! ¡Pero qué Piero ni qué leches! ¡Yo le he dicho a Catarella que le dijera que habían matado un perro!

– ¿Un pistoletazo y listo?

– Sí, señor.

– Hoy estamos a seis de octubre, ¿no? Esa persona trabaja siguiendo un ritmo semanal y siempre durante la noche del domingo al lunes -señaló el comisario entrando en su despacho. Fazio se sentó en una de las dos sillas situadas delante del escritorio-. ¿El perro tenía dueño?

– Sí, señor, un jubilado, Carlo Contino, ex funcionario del ayuntamiento. Tiene una casita en el campo con un huerto y algunos animales. Unas diez gallinas, algún conejo. Él estaba durmiendo, lo despertó el disparo. Entonces cogió su arma y…



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