
– No; soy Augello, el subcomisario. Dígame.
– Soy un vecino del contable Portera.
– ¿Yqué?
– En este mismo momento el contable Portera está disparando nuevamente de nuevo contra su mujer. Y ahora yo me pregunto y digo: ¿cuándo tendrán ustedes a bien acabar con este coñazo?
– Voy enseguida.
La señora Romilda Fasulo de Portera era una mujer de sesenta y tantos años, bajita, con las piernas tan torcidas como un sacacorchos y un ojo que miraba a Oriente y otro a Occidente; sin embargo, su marido estaba convencido de que era una beldad incomparable y tenía un elevado número de hombres locamente enamorados de ella, a los cuales concedía de vez en cuando sus favores.
Por consiguiente, con un promedio de una vez cada quince días, al término de una ritual discusión cuyos ecos se oían incluso en las calles adyacentes, el contable sacaba el revólver que solía llevar en el bolsillo de la chaqueta y disparaba tres o cuatro veces contra su consorte; fallaba siempre irremisiblemente. La señora Romilda ni se inmutaba, seguía tan tranquila con sus tareas, y mientras retumbaban los disparos se limitaba a decir:
– Cualquier día de éstos me matas en serio, Giugiù.
Una vez Montalbano había intentado que él entrara en razón, pero no hubo manera.
– ¡Comisario, mi mujer es la reencarnación exacta de aquella grandísima puta de Mesalina!
– Pero, señor Portera, reflexione con calma. Aunque su señora fuera la reencarnación de Mesalina, ¿quiere usted explicarme cuándo encuentra la ocasión y el tiempo para ponerle los cuernos? Tengo entendido que nunca sale sola de casa, que usted no la suelta ni a sol ni a sombra y siempre la acompaña a misa, a hacer la compra… Además, usted mismo sale únicamente cinco minutos para ir a comprar el periódico y regresa enseguida. Entonces, dígame cuándo y cómo se reúne ella con sus amantes.
– Ay, señor comisario de mi alma, cuando a una mujer se le mete en la cabeza hacer algo, lo hace, puede creerme.
