
En cambio Augello, que estaba nervioso por la cuestión del asno asesinado, no tuvo el menor miramiento esa vez. Desarmó al contable (por cuya cabeza no había pasado la idea de oponer resistencia), le requisó el arma y procedió a esposarlo a la cabecera de la cama.
– Volveré esta tarde para soltarlo.
– ¿Y si tengo que ir al servicio? ¡Me he tomado un diurético!
– Pídale a su mujer que lo ayude, y si la señora no lo ayuda tal como yo le aconsejaré que haga, no tendrá más remedio que mearse encima.
El jefe superior Bonetti-Alderighi estaba de mal humor y no se tomaba la menor molestia en ocultarlo.
– Le advierto, Montalbano, que ayer mantuve una reunión acerca del mismo asunto con sus compañeros de las demás comisarías. He preferido convocarlo a usted en solitario y dedicarle la mañana.
– ¿Por qué a mí solo?
– Porque usted, y no se ofenda, a veces me parece que tiene serias dificultades para comprender el meollo de los problemas que le expongo. Aunque no creo que lo haga de mala fe.
Montalbano había comprobado hacía mucho tiempo que, simulando no estar en pleno uso de sus facultades mentales, el jefe superior lo dejaba en paz y sólo lo convocaba cuando no podía evitarlo. Esa vez se trataba de las medidas que deberían adoptar a propósito de los desembarcos clandestinos de inmigrantes ilegales. La conversación duró más de tres horas porque, de vez en cuando, Montalbano se sentía obligado a interrumpir a su interlocutor.
– No lo he entendido muy bien. Si tiene usted la amabilidad de repetirme…
Y el otro tenía la amabilidad de empezar de nuevo por el principio.
Cuando el jefe superior, desolado, le dio permiso para retirarse, el comisario se encontró en el pasillo con el dottor Lattes, apodado Latte e Miele, «leche y miel», por su forma de actuar falsa y empalagosa. Lattes lo agarró por un brazo y se apartó con él. Después se irguió de puntillas para susurrarle al oído:
