
– ¿Ya se ha enterado de la novedad?
– No -contestó Montalbano, utilizando a su vez un tono de conjurado.
– He sabido en las alturas que nuestro señor jefe superior que tanto se lo merece va a ser trasladado muy pronto a otro destino. ¿Usted participaría en la adquisición de un bonito regalo de despedida, un detalle afectuoso, que a mi juicio podría consistir en…?
– … en todo lo que usted quiera -respondió, dejándolo plantado y reanudando su camino.
Salió de la Jefatura Superior cantando La donna è mobile de lo contento que se había puesto ante la noticia del inminente traslado de Bonetti-Alderighi.
Lo celebró en la trattoria San Calogero con una gigantesca parrillada de pescado.
Al final pudieron volver a reunirse a las cinco de la tarde.
– Hasta el momento, ése ha escrito «Ecco d…». En mi opinión, la frase entera será «Ecco Dio», «Aquí está Dios» -dijo sin preámbulos Montalbano.
– ¡Oh, Virgen santísima! -exclamó Fazio.
– ¿Por qué te preocupas?
– Dottore, a mí cuando se empieza a echar mano de motivaciones religiosas, me entra miedo.
– ¿Qué te induce a suponer que la frase es ésa? -preguntó Augello.
– Antes de llamaros, he llevado a cabo una investigación telefónica y obtenido algunos datos del ayuntamiento. Hay cinco personas cuyo apellido comienza por D (concretamente D'Antonio, De Filippo, Di Rosa, Di Somma y Di Stasio) y que son propietarias de asnos. Dos los tienen en las afueras del pueblo. Sin embargo, nuestro hombre se ha ido a buscar el burro que deseaba matar junto al despeñadero. ¿Por qué? Pues porque el apellido de su dueño, De Dominici, empieza con dos des. Las cuales podrían equivaler, queriendo, a una D mayúscula.
– El razonamiento tiene su lógica -reconoció Augello.
– Y si mi razonamiento tiene su lógica, la cosa cada vez resulta más fea y peligrosa. Con los fanáticos religiosos mejor no mantener tratos, tal como dice Fazio, porque son capaces de cualquier cosa.
