Se quedó dormido sin advertirlo y despertó sobre las nueve. ¿Sería posible? ¿A que tenía el teléfono desconectado? Fue a ver; todo estaba en orden. ¿A que los de la comisaría lo habían llamado y él no había oído los timbrazos?

– Hola, Catarella, soy Montalbano.

– Lo he reconocido enseguida por la voz, dottori.

– ¿Ha habido alguna llamada?

– Para usted personalmente en persona, no, señor.

– ¿Y para los demás?

– ¿Y los demás quiénes serían, dottori, y disculpe la pregunta?

– Augello, Fazio, Galluzzo, Gallo.

– No, señor dottori, para ellos no.

– Pues entonces, ¿para quién?

– Ha habido una para mí, dottori, pero primero tenía que saber si yo también soy los demás o no.

En cuanto llegó al despacho, aparecieron Augello y Fazio: estaban perplejos, no se había producido ningún aviso de asesinatos, ni de hombres ni de animales.

– ¿Cómo es posible que se haya saltado un lunes? -se preguntó Fazio.

– A lo mejor le resultó imposible salir de casa, el tiempo ha sido muy malo, o quizá se encontraba mal o ha pillado la gripe; los motivos pueden ser muchos -dijo Mimì.

– O puede que haya hecho lo que tenía que hacer, pero todavía no se ha enterado nadie y por eso no nos han avisado -apuntó Montalbano.

La mañana de aquel lunes, Montalbano, Augello y Fazio la pasaron prácticamente corriendo a la centralita en cuanto oían el teléfono, lo que dio lugar a que Catarella se quedara empapado de sudor frío, pues no comprendía todo aquel interés. El nerviosismo de los tres aumentaba de hora en hora hasta el extremo de que, para evitar alguna violenta discusión, el comisario decidió irse a comer a casa. A casa y no a la trattoria, pues el sábado había encontrado una nota de su asistenta Adelina: «Totori, el lunes le priparo la pasta ncasciatta.»



31 из 272