
– Me pregunto qué coño ocurrirá cuando termine de contraerse -dijo Mimì en tono pensativo.
– ¿Adragna te ha contado si alguien ha visto u oído algo extraño durante la noche? -preguntó Montalbano.
– Nada. Las jaulas de los animales están situadas lejos de las caravanas donde duermen los asistentes y los artistas. La domadora oyó esas cosas que hacen los elefantes…
– ¿Barrites?
– Sí, señor, pero como es algo que hacen a menudo cuando se ponen nerviosos, porque a lo mejor alguien está pasando por allí cerca, no le dio demasiada importancia.
– ¿Nadie oyó el disparo?
– Nadie; debió de utilizar un silenciador. Y debía de llevar también una linterna muy potente porque Adragna me dijo que por la zona de las jaulas está muy oscuro.
– Pero ¿cómo demonios lo hizo?
– Dottore, hay que tener en cuenta que ese tío dispara bien. Como no podía usar un rifle de caza mayor, pues el estruendo habría despertado a todo el pueblo, se encaramó por los barrotes de la jaula hasta casi la altura de los elefantes y disparó contra el animal prácticamente a medio metro de distancia.
– ¿Y cómo lo han sabido?
– Adragna ha descubierto el barro de la suela de los zapatos. Parece que encendió la linterna, apuntó al ojo del elefante más cercano y apretó el gatillo.
– Debe de disparar muy bien, pero menudo morro tiene -comentó Mimì. Y añadió-: Ahora ya sólo le falta la o de Dio.
Montalbano lo miró, preocupado.
– ¿Queréis que os diga una cosa? Creo que sólo disponemos de tiempo hasta el domingo por la noche para impedir un homicidio.
El hombre llevaba tres horas leyendo sin apartar los ojos del libro cuyas páginas pasaba con delicadeza y temblor.
Unido está Él a la Potencia tal como una llama unida está a sus colores; sus fuerzas emanan de su Unidad tal como de la oscura pupila brota la luz de la mirada.
