Emanan la una de la otra como el perfume de un perfume y la luz de una luz.

En lo Emanado existe toda la Potencia del Emanador, pero el Emanador no sufre por esta causa menoscabo alguno.

Al llegar a ese punto, el hombre ya no consiguió seguir leyendo. Tenía los ojos llenos de lágrimas. De alegría. Más aún, de júbilo. Un júbilo sobrehumano. Consultó el reloj: las tres de la madrugada. Se abandonó a un llanto convulso, dominado por la emoción. Temblaba como si tuviese fiebre. Se levantó sin que apenas lo sostuvieran las piernas, se acercó a la ventana y la abrió. Soplaba un viento helado. Respiró hondo y lanzó un grito. Un grito tan prolongado que sonó como un aullido. Inmediatamente después notó como si le hubieran cercenado de golpe las piernas. Ya no pudo mantenerse en pie, cayó de hinojos con la pechera de la camisa empapada de lágrimas.

Faltaban sólo siete días para la Aparición.

Montalbano consultó su reloj: las tres de la madrugada. ¿Qué sentido tenía permanecer acostado sin lograr conciliar el sueño? Se levantó, se dirigió a la cocina y preparó café.

Tres preguntas seguían rondándole:

¿Por qué razón aquel sujeto actuaba siempre en lunes, a primera hora de la madrugada, al comienzo del nuevo día?

¿Por qué tenía tanto empeño en comunicar a todo el mundo que en él se estaba produciendo un proceso de contracción? ¿Qué coño se estaba contrayendo?

¿Qué significaba para el loco el verbo «contraerse»? ¿Tenía el sentido de encogerse, empequeñecerse, tal como decía Mimì Augello, o un sentido convencional y explicable tan sólo con aquello que pasaba por la mente enferma del desconocido?

Montalbano creía que para comprender la intención última del loco y saber adónde quería ir a parar, era indispensable interpretar debidamente aquel verbo.

¿Había una respuesta posible? No la había.


* * *

A primera hora de la mañana siguiente, martes, se presentó en el despacho con los ojos enrojecidos a causa de la falta de sueño y con un humor ya malo de por sí, pero elevado al cubo por el viento y el frío.



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