
– Prestad atención -les dijo a Augello y Fazio-. He estado pensando mucho acerca de toda esta historia. Prácticamente toda la noche. El fanático, porque a estas alturas ya no cabe la menor duda de eso, de nada sirve ocultarlo, es con toda certeza alguien que ha nacido y se ha criado en Vigàta.
– ¿Por qué? -preguntó Augello.
– Reflexiona, Mimì. En primer lugar, sabe perfectamente quiénes son los propietarios de ciertos animales y sus apellidos. Esos datos figuran en los registros municipales o se saben por conocimiento directo.
– Reflexiona tú -replicó ofendido Mimì Augello-. ¿Qué se necesita para saber que en el restaurante había un estanque con peces? ¿O que en una granja de cría de pollos hay pollos?
– Ah, ¿sí? ¿Y tú sabías que el señor Ottone tenía una cabra y De Dominici, un asno?
Augello no contestó.
– ¿Puedo seguir? -dijo Montalbano-. Repito: es alguien de Vigàta y probablemente no muy joven.
– ¿Por qué? -preguntó Mimì.
– Porque conoce a jubilados, gente mayor…
– Bueno…
Montalbano no quiso discutir y añadió:
– Y es una persona culta. Su caligrafía es la propia de alguien acostumbrado a escribir.
– Un momento -terció Fazio-, tan mayor no puede ser. No es fácil que alguien de cierta edad se ponga a romper cerrojos, recorrer la campiña de noche, encaramarse a una jaula…
– Por de pronto es un fanático, de eso no cabe la menor duda.
– Sí, Salvo, pero la pregunta de Fazio era… -terció Augello.
– He comprendido muy bien la pregunta. Y la estoy contestando. El fanatismo lleva a cometer actos impensables, te confiere una fuerza que no imaginabas tener, un valor que ni soñabas. Y, además, no está claro que actúe él personalmente. Puede enviar a alguien provisto de una pistola y una nota. Un adepto.
