
– ¡¿Qué?! -dijo Fazio.
– Adepto quiere decir seguidor, no es una palabrota. Ahora vamos a hacer una cosa. Tú, Mimì, te vas al registro civil y pides la lista de todos aquellos cuyo apellido empieza con la letra O. No serán cien mil.
– Cien mil no, pero muchos sí. Yo, por ejemplo, conozco a Mario Oneto y a Stefano Orlando -replicó.
– Yo conozco a tres -dijo Fazio-. Onesti, Onofri, Orrico.
– Sin contar -insistió Mimì- con que Stefano Orlando tiene diez hijos, cinco varones y cinco chicas. Y que tres de los chicos están casados y tienen hijos a su vez.
– Me importan un carajo los abuelos, los hijos y los nietos, ¿entendido? -estalló el comisario-. Quiero la lista completa para mañana por la mañana, incluidos los recién nacidos.
– ¿Y después qué vas a hacer con ella?
– Si antes del domingo por la mañana no hemos resuelto el asunto, los reunimos a todos en un lugar y montamos guardia.
– Reunámoslos a todos en el campo de deportes, tal como hacía el general Pinochet -dijo irónicamente Augello.
– Mimì, me dejas verdaderamente de piedra. De que eras un cabrón no tenía la menor duda, pero jamás habría imaginado que pudieras alcanzar cotas tan altas. Mi más sincera felicitación. «Para cosas más grandes he nacido», tal como dice san Agustín. Y ahora no me toques más los cojones.
Augello se levantó y se retiró.
– ¿Y yo qué hago? -preguntó Fazio.
– Te vas a pasear por el pueblo. Trata de averiguar si los asesinatos de los animales han trascendido y, en caso afirmativo, qué piensa la gente al respecto. Ah, y otra cosa: coloca a uno de los nuestros detrás de Ottone, el de la cabra. Tiene la desgracia de que su apellido empieza por O. No quisiera que el fanático regresara y se lo cargara, incluso antes del lunes; de esa manera se ahorraría el tiempo y el esfuerzo de buscar.
Regresó a Marinella casi a las diez de la noche. No le apetecía comer, se notaba la boca del estómago contraída. Estaba preocupado, pero, sobre todo, descontento de sí mismo. Cierto que había logrado descubrir la conexión entre los hechos y había podido (tal vez) prever la siguiente jugada del fanático, pero todo ello no le serviría de nada si no conseguía averiguar la idea obsesiva, la pretensión que había anidado en el putrefacto cerebro del desconocido y que lo impulsaba a actuar.
