Y no es que estuviera convencido de que en la base de todos los delitos hubiese necesariamente un móvil determinado y racional. A ese respecto, una vez había leído un librito de Max Aub, Crímenes ejemplares, que, una vez superado el solaz, le había resultado más útil que un tratado de psicología. Pero no era menos cierto que cuanto más sabes acerca de la persona que buscas, más probabilidades tienes de encontrarla.

Sonó el teléfono.

– Bueno pues, ¿podrás arreglártelas para venir el sábado?

Con varios y complejos pretextos, merecedores de un futuro premio Nobel del embuste, había logrado aplazar de semana en semana el prometido viajecito a Boccadasse, intuyendo, sin embargo, que Livia estaba cada vez más mosqueada. Puede que lo mejor fuera contarle toda la verdad. Respiró hondo y soltó las palabras de carrerilla.

– Con toda sinceridad, Livia, no creo que pueda.

– Pero ¿puedo por lo menos saber qué te está pasando?

– Livia, ¿es que no sabes a qué me dedico? ¿Lo has olvidado? Yo no puedo tener los horarios y los tiempos de un empleado. Llevo entre manos una investigación muy pero que muy complicada. Ha habido una serie de asesinatos…

– ¿Un asesino en serie? -preguntó Livia asombrada.

Montalbano vaciló.

– Bueno, en cierta manera sí.

– ¿Y a quién ha matado?

– Bueno, empezó por un pez, concretamente un muletto.

– ¡¿Cómo?!

– Sí, un mújol, pero de agua dulce. Después mató a un pollo y a continuación…

– ¡Cabrón!

– Livia, escúchame… ¿Oye? ¿Oye?



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