Había colgado. ¿Sería posible que jamás lo creyeran, ni cuando decía la verdad ni cuando no la decía? Quizá debería haber colocado las palabras en un orden distinto, utilizar otras…

Las palabras. ¡Las palabras, Dios bendito!

Había elegido las más acertadas hablando del asesino de animales, lo había calificado de loco religioso, fanático, alguien que se creía Dios o que, por lo menos, mantenía relaciones directas con Él, ¡y no había sabido sacar las consecuencias de sus propias palabras! ¡Qué imbécil había sido! Aquél era el camino que había que seguir sin pérdida de tiempo. Marcó muy alterado un número de teléfono. Se equivocó a causa del nerviosismo. Lo consiguió al tercer intento.

– ¿Nicolò? Soy Montalbano.

– ¿Qué quieres? Estoy a punto de salir en antena.

– Sólo un momento.

– No lo tengo. Si me preparas un plato de pasta, voy a verte pasada la medianoche a Marinella, después del último telediario.

El periodista Nicolò Zito se encontró delante un plato de espaguetis aliñados con el llamado oglio del carrettiere, «aceite del carretero», y queso de oveja; y de segundo, diez passuluna, es decir, una variedad de gordas aceitunas negras, y lonchas de caciocavallo, el típico queso del sur de Italia.

– ¡Te has pasado! -exclamó.

– Es que no tengo apetito, Nicolò.

– ¿Y por eso te crees que yo tampoco tengo? ¿Qué te ocurre? Me preocupa que precisamente tú vengas a decirme que no tienes apetito. Adelante, habla.

Y Montalbano se lo contó todo. A medida que hablaba, Zito lo iba escuchando con creciente atención.

– Esta historia -dijo cuando el comisario terminó- sólo puede terminar de dos maneras: o como una farsa o como una tragedia. Pero creo que, tal como están las cosas, es más probable lo segundo.

– Yo también lo creo -admitió con semblante sombrío el comisario.

– ¿Por qué me has llamado?

– Puedes serme útil.

– ¿Yo?



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