– Sí. Necesito urgentemente que me pongas en contacto con Alcide Maraventano.

El hombre con quien el comisario quería reunirse era una persona de increíble erudición que unos años atrás le había echado una mano en el caso conocido como «El perro de terracota». Vivía en Gallotta, un pueblecito cerca de Montelusa, y puede que fuera un padrino o puede que no lo fuera, pero el caso es que la cabeza le funcionaba con corriente alterna. Vestía siempre una especie de túnica que, de negra que era inicialmente, con el tiempo había adquirido un tono verde moho; al ser muy delgado, parecía un esqueleto recién salido de la tumba, pero misteriosamente vivo. Su casa era una especie de enorme choza medio en ruinas, sin teléfono ni electricidad, pero en compensación estaba tan atestada de libros que ni sitio había para sentarse. Mientras hablaba, solía beber leche con un biberón infantil.

Al oír el nombre, Zito hizo una mueca.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Montalbano.

– No sé, precisamente ayer un amigo mío me contó que fue a verlo, pero Alcide no quiso abrir y le habló a través de la puerta.

– ¿Por qué?

– Le dijo que está a punto de morir y que por tanto no dispone de tiempo para perder. Dice que el poco aliento que le queda lo necesita para respirar durante los pocos días que le restan.

– ¿Está enfermo? -A Montalbano los moribundos le daban miedo.

– Vete tú a saber. Claro que ya tiene sus años. Debe de tener más de noventa.

– Tú inténtalo a pesar de todo, hazme este favor.

Hacia el mediodía del día siguiente, al no haber tenido ninguna noticia de Zito, decidió llamarlo.

– Nicolò, soy Montalbano. ¿Te has olvidado del ruego que te hice anoche?

A Nicolò pareció haberle picado una avispa.

– ¿Que si me he olvidado? ¡Una mañana entera estoy perdiendo! ¿Acaso no sabes que Alcide no tiene teléfono y que hay que enviar a alguien para que hable con él?

– ¿Y qué?

– ¿Cómo que y qué? Hace sólo un cuarto de hora que he encontrado un voluntario en Gallotta. Espero la respuesta.



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