La respuesta llegó al cabo de media hora. Alcide Maraventano estaba dispuesto a recibir a Montalbano. Pero la visita tendría que ser breve. Además, el comisario tendría que acudir solo a la entrevista. En caso contrario, la puerta de la casa no se abriría.

La vivienda de Alcide Maraventano estaba tal como él la recordaba, con las persianas desquiciadas, el estuco desprendido a pedazos, las ventanas con los cristales rotos y sustituidos por cartones y listones de madera, la verja de hierro medio caída.

Sólo lo que antes era la masa informe del jardín del padrino (o puede que no) se había convertido en una especie de jungla ecuatorial. Montalbano lamentó no haber llevado consigo un machete. Se abrió paso entre las ramas y los espinos, se hizo un roto en la chaqueta y, soltando maldiciones, llegó ante la puerta. Llamó con el puño. No hubo respuesta. Entonces volvió a llamar con dos poderosos puntapiés.

– ¿Quién es? -preguntó una voz que parecía de ultratumba.

– Montalbano.

Se oyó un curioso ruido de hierro contra hierro.

– Empuje, pase y vuelva a cerrar.

El pestillo se accionaba por medio de un alambre que se tiraba desde algún lugar del interior de la casa y lo levantaba.

Montalbano entró en la misma espaciosa estancia de la otra vez, llena de libros colocados por todas partes, en pilas que llegaban hasta el techo, por el suelo, encima de los muebles y las sillas. El padrino (o puede que no) estaba sentado en su sitio de costumbre, detrás de una mesa que se tambaleaba, con un grueso termómetro en la boca.

– Me estoy tomando la temperatura -dijo Alcide Maraventano.

– ¿Y qué clase de termómetro es ése? -no pudo evitar preguntar el comisario, sorprendido.

– Es de mosto. Después calculo las proporciones -respondió el padrino (o puede que no), sacándoselo un instante de la boca y volviendo a colocárselo enseguida.



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