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– ¿No se encuentra bien? -preguntó el comisario.

– ¿Lo dice por el termómetro? No; eso es un pequeño control que hago de vez en cuando -contestó sin quitarse el aparato de la boca y, por consiguiente, le salió voz de borracho.

– Lo celebro. Como me habían dicho que…

– ¿Que me estaba muriendo? Se lo he dicho a un imbécil que no lo ha entendido. Pero tengo más de noventa y cuatro años, amigo mío. Y por lo tanto no resulta tan equivocado decir que me estoy muriendo. Sólo que ahora por estado moribundo todos entendemos una fase agónica. Una situación para llamar al cura para la última y extrema confesión.

¿Qué podía replicar? Nada, era un razonamiento perfecto. Maraventano se retiró finalmente el termómetro, lo miró, lo depositó encima de la mesa, sacudió la cabeza, tomó uno de los tres biberones llenos que tenía delante y empezó a chupar.

– No creo que usted haya venido a verme para informarse sobre mi estado de salud. ¿Puedo servirle en algo?

Y Montalbano se lo contó todo de corrido, desde el pez al elefante. Le habló también de su temor ante la siguiente jugada del hombre que se creía Dios o que pensaba mantener una estrecha relación con Él.

Alcide Maraventano lo escuchó sin interrumpirlo en ningún momento. Sólo al final preguntó:

– ¿Trae las notas?

Como es natural, el comisario las llevaba, y se las mostró. Maraventano despejó un poco la mesa, las colocó en fila, las leyó y releyó, después miró a Montalbano y se echó a reír.

– ¿Qué es lo que le parece tan divertido? -preguntó sorprendido el comisario. Y ver que el otro no contestaba lo provocó-. Es difícil entender algo, ¿eh?

– ¿Difícil? -repuso Maraventano, quitándose de la boca el biberón ya vacío-. ¡Pero si es elemental, amigo mío, tal como le diría Sherlock Holmes al doctor Watson! ¿Ha podido leer alguna vez los Sifre ha-'iyyun?



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